A propósito de una concienzuda lectura a La casa verde, de Mario Vargas Llosa.
No soy un literato, pero hubiera querido serlo. No sé de terminologías técnicas para referirme a procesos de creación literaria, ni de corrientes decimonónicas que revolucionaron el devenir de la literatura. No sé de ismos ni de nóbeles; no sé de rimas ni de ensayos: que si el verso alejandrino, que si la denuncia política, que si la novela histórica, que si el negro literario. No sé de Flaubert, ni de Goethe, ni de Faulkner, ni de Camus; ni de Vallejo por último. Pero ¡caramba!, no necesito saber nada de esto para darme cuenta de que La casa verde es un súper libro; me deshago en admiración ante colosal obra, como si fuera el más instruido.
Acabo de terminar de leer La casa verde de Mario Vargas Llosa. Aún siento la influencia de la trama sobrecogedora. Pocas veces una lectura me ha envuelto tanto, al punto de aislarme del mundo, abstraerme de la realidad y convertirme en un observador directo de los acontecimientos descritos: una ficción más palpable que la realidad misma. Las historias que se entrecruzan en La casa verde tienen el mismo nivel de realidad que mi vida o la de cualquier otro ciudadano de a pie, con el añadido de que en nuestra insulsa vida se hace notar la carencia de la conciencia que nos impregna los elementos que nos rodean; conciencia que siempre está ahí, pero a falta de un narrador omnisciente que lo describa no nos damos por enterados. En cambio, aun bajo una inncente lectura, La casa verde te deja con la sensación de que todo tiene algo que contar: los ríos, los arenales, las indiferencias, los instrumentos musicales; todo. Caramba, si no se es sensible después de leer este libro es que se tiene un corazón de piedra.
Debo admitir que comencé La casa verde muchas veces; es más, compré el libro en otoño del año pasado y se me hizo muy difícil atravesar las primeras páginas. Y es que desde el primer momento Vargas Llosa hace gala de su singular maestría y te zampa de porrazo, según creo yo, lo más denso de su compleja técnica narrativa. Pero si no fuera así uno se privaría de un verdadero deleite, pues jamás un concierto de palabras me pareció tan real, al punto de parecer la ficción corporeizada a través de dichas palabras. Al caminar por sus páginas iba haciendo mías las alegrías y las miserias de los inconquistables, ; me descubría con igual candidez que la Selvática; sentía las mismas náuseas que Aquilino, y la misma rabia que Fushía; incluso me deprimía escuchando las rabietas seniles del padre García.
Decía que las primeras páginas se hacen difíciles, pero una lectura calmada y aprehensiva hacen darse cuenta que estas historias no pueden ser contadas de otro modo. Tiene que ser así, y en esto radica la maestría de don Mario: hacer que la ficción cobre vida con un lenguaje propio. Como consejo de un lector a otro lector: olvídate de la sintaxis, no pretendas corregir la proposiciones que esto no es gramática: en ficción hecha realidad.

