Hace unas semanas atrás leí El hombre duplicado del Nobel portugués José Saramago. La lectura fue muy satisfactoria, principalmente por el estilo característico del luso, inmediatamente reconocible al primer golpe de vista. El sólo hecho de plantear la posibilidad de la existencia de dos tipos duplicados hasta en los más mínimos detalles es una idea bastante original, pero, además de ello, llenar de carga psicológica al personaje principal, Tertuliano Máximo Afonso, hace del libro muy instructivo. Es que el celebrado autor de Ensayo sobre la ceguera es un especialista en hilvanar el relato con la reflexión.
A veces suelo caer en el error de adoptar, si acaso, el estilo del autor a quien leo, obviamente con resultados funestos. Felizmente Vargas Llosa, mi autor de cabecera, como seguramente ya se habrán dado cuenta, me ha convencido de lo pernicioso que sería, para una remota y casi imposible carrera literaria, copiar estilos ajenos. Sin embargo, y es que aún no asimilaba lo que trataba de decirme el maestro, empecé a escribir algunas desafortunadas entradas en mi diario de memorias tratando de asemejarme a Saramago. Ni usted es quién para enterarse de mis memorias, ni yo soy quién para escribírselas, así que ése no es el hecho. Lo que trato de explicar, porque tiendo a irme por vericuetos, es que el estilo de Saramago contagia sutilmente, y más aún a un recién iniciado como yo, que trata de encontrar, o peor aún, trata de buscar un estilo propio.
Por otro lado, y esta vez enfocándome en el fondo de la novela, como debería haber sido desde el principio, la posibilidad remota de existir dos seres duplicados a la que me refería al inicio de la entrada es una condición impresionante, porque impresiona, y se presta a muchas lecturas con enredos infinitos. Precisamente uno de estos enredos se me atravesó entre los sesos mientras concebía la posibilidad de un duplicado mío. El detalle del enredo lo escribí en mis memorias, así quizá en algunas décadas más lo encuentre publicado en la feria del libro… de Amazonas, por supuesto. Basta con decir que llegué a la conclusión de que no tengo ningún problema en que se me confunda con algún otro duplicado, y forzando la duplicidad, con el mismo nombre que yo, siempre y cuando el susodicho duplicado, u original, vaya usted a saber cuál es el duplicado, haya sido más exitoso que yo. Ahora, si el caso fuera al revés y yo sea el más existoso, posibilidad prácticamente nula, y en esto estoy de acuerdo con usted, querido lector, pues quizá sea él quien se sienta identificado conmigo. En fin, mientras el duplicado no tenga un prontuario criminal no tengo ningún problema. Si tal caso se diera pues cambiarme de nombre a Tertuliano no sería una mala opción.

