Archivo de la etiqueta: padre

Presta atención, L

Quisiera comprender cómo te sientes, L, pero no puedo. Debe ser muy difícil para ti. Pero quiero que sepas que tú siempre ocuparás un lugar especial, pues siempre serás nuestra primera hija. Aún estás muy pequeñita para comprenderlo todo; sé que te duele; que piensas que te hemos traicionado; que ya nada tiene sentido. Pero no es así. Si hemos decidido que N venga a nuestra familia es porque te amamos. P y yo queremos que vivas momentos que nosotros nunca hemos tenido; que aprendas habilidades y desarrolles sentimientos que nosotros no tenemos.

Como bien sabes, tu mamá es la última de cuatro hermanos, pero la más última. Su hermano más cercano le lleva diez años. Y haber nacido en una condición así no es fácil. Todos podrían decir que era la engreída, o cosas así, pero eso no es del todo exacto. No tener hermanitos y hermanitas con quien jugar, con quien pasar el tiempo, con quien pelear, es triste. La relación de P con sus hermanos nunca ha sido tan cordial como ella hubiera querido. Por lo tanto, ella no quería que tú pasaras por lo mismo.

Por otro lado, yo, ni siquiera tuve hermanos. Con eso te digo todo.

Por eso te decía que no tengo idea de cómo debes estar sintiéndote en este momento, pero quiero que sepas que es lo mejor. Tu vida será más placentera con N al lado. Y nadie te quitará de tu posición de primogenitura.

Anoche, mientras te calmaba para que duermas, estaba pensando en cuánto te quiero. Quizá, por mi mal genio y mis explosiones, tú pienses que no te quiero; pero aún estás muy pequeñita para comprender. Yo te quiero hasta el infinito. Tú te has desarrollado tanto y eres tan inteligente para tu edad, que me has maravillado. P y yo tenemos muchas expectativas para ti, porque nos has mostrado que tienes un potencial enorme; y nosotros queremos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para que puedas llegar lo más lejos posible.

Cómo no te voy a querer, L. Vamos a aprender juntos: tú, a tener a otra hermanita; y yo, a repartir mi cariño entre ambas.

3 comentarios

Archivado bajo Sin categoría

Sobre la responsabilidad de ser padre

Padres, si queréis que vuestros hijos sean instruidos en los principios del evangelio, si queréis que amen la verdad y la entiendan, si deseáis que os obedezcan y se unan a vosotros, ¡amadlos!; mostradles que los amáis con toda palabra o acto relacionado con ellos. Por vuestro propio bien, por el amor que debe existir entre vosotros y vuestros hijos, pese a lo rebelde que sea o se porte mal éste o aquél, cuando les habléis, no lo hagáis con ira; no lo hagáis ásperamente con un espíritu condenador. Habladles con bondad; sometedlos y llorad con ellos si es necesario, y de ser posible, procurad que viertan lágrimas con vosotros. Suavizad sus corazones; procurad que se enternezcan hacia vosotros. No empleéis el látigo ni la violencia, más bien… razonad; tratadlos con la razón, con la persuasión y con amor sincero… Pero procurad que sientan lo que vosotros sentís, que tengan interés en las cosas en que vosotros estáis interesados, que amen el evangelio como vosotros lo amáis, que se amen el uno al otro como vosotros los amáis y que amen a sus padres como éstos aman a sus hijos. No hay otra manera de hacerlo.

—Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio.

Comencé con esta cita porque encierra todo lo que quiero escribir en este post. Últimamente, Patricia y yo pasamos por momentos en los que no sabemos cómo enseñar correctamente a nuestra pequeña Lía a ser una buena niña. Quizá alguno podría decir que aún es muy pequeñita; o que este asunto aún no debería preocuparnos tanto; sin embargo, la preocupación sigue latente.

Las palabras del presidente Smith han caído como lluvia en verano seco. Como base doctrinal, podría resaltar los principios que se mencionan en Doctrina y Convenios 121:41-44: persuasión, longanimidad, benignidad, mansedumbre, amor sincero, bondad, conocimiento puro, &. La labor de criar un hijo es ardua y larga, pero es trascendental; pues, se están poniendo los cimientos de generaciones.

Dejar un comentario

Archivado bajo Sin categoría

In Memoriam: Pedro Palacios Aquino (via Gonzalo escribe)

Hoy que es el Día del Padre es un buen momento para que mi papá salte al timeline nuevamente.
Feliz día, papá, en donde estés.

In Memoriam: Pedro Palacios Aquino Hoy es el día del padre. Qué ironía, hace cuatro días falleció mi padre. Qué ironía, hace cuatro meses mi esposa está esperando nuestro mi primer hijo. Mi padre nació el 19 de mayo de 1931 y falleció el 17 de junio de 2009. Vivió una larga y feliz vida. Me enseñó todo lo que sé y me dio a entender que para él la familia siempre debe estar primero. No recuerdo que le haya faltado el respeto jamás a mi madre. Siempre fue puntual cuando de disciplin … Read More

via Gonzalo escribe

1 comentario

Archivado bajo Sin categoría

In Memoriam: Pedro Palacios Aquino

Hoy es el día del padre. Qué ironía, hace cuatro días falleció mi padre. Qué ironía, hace cuatro meses mi esposa está esperando nuestro mi primer hijo.

Mi padre nació el 19 de mayo de 1931 y falleció el 17 de junio de 2009. Vivió una larga y feliz vida. Me enseñó todo lo que sé y me dio a entender que para él la familia siempre debe estar primero. No recuerdo que le haya faltado el respeto jamás a mi madre. Siempre fue puntual cuando de disciplinar se trataba. Fue muy justo.

Durante estos tres últimos meses en que su salud se deterioró rápidamente, a menudo medité acerca de las cosas que aprendí y de la infuencia poderosa que él ejerció en mí. Pues, más allá de cumplir sus resonsabilidades de padre, también me enseñó concienzudamente acerca de lo que significa seguir a Jesucristo. Y no solo lo hizo mediante el precepto, sino también mediante el ejemplo.

Muchas personas asistieron al servicio fúnebre de mi padre. Aparte de la familia, la mayoría de los que se hallaban presentes eran amigos que, de alguna u otra manera, sintieron la influencia de mi padre en sus vidas. Sucede que mi padre prestó servicio como Obispo en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en dos oportunidades. Todos ellos, sin excepción, al acercarse a mí para expresar sus condolencias, manifestaron gratitud por haber conocido a mi padre, pues en algún momento de sus vidas sintieron su ayuda moral y espiritual; también me resaltaron sus excepcionales dotes de maestro del Evangelio.

La relación con mi padre siempre fue amical, pero cuando se trataba de cosas que era necesario que yo aprenda él siempre fue claro y tajante para enseñarme y reprenderme, de ser necesario. Pocas veces se lo dije, pero yo, para mis adentros, a menudo me asombraba al percibir sentimientos de admiración hacia él.

El conocimiento del evangelio ha sido fundamental para afrontar estos momentos difíciles. Como miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tengo la certeza de que la muerte física señala el fin de nuestra etapa en el mundo terrenal; que de ninguna manera la muerte física termina con la vida del espíritu, pues este es eterno. La muerte física es solo la separación del espíritu y del envoltorio carnal que es el cuerpo. Obviamente, esta separación supone que los que aún permanecen en el mundo terrenal no pueden gozar de la compañía de aquellos que pasan por la muerte física. Naturalmente, esta separación produce desconsuelo y tristeza. Pero decía que el conocimiento del Evangelio de Jesucristo ayuda a afrontar estos momentos difíciles, pues, la comprensión de este conocimiento nos consuela allí donde hay desconsuelo; nos alegra allí donde hay tristeza. Incluso la revelación moderna nos da luces acerca de qué es lo se hace después de morir (recomiendo toda la sección 138 al lector interesado).

Mi padre me enseñó estas cosas. Estoy seguro que él hubiera querido que su muerta sirva para reflexionar en lo grandioso de la Expiación que Cristo padeció por nosotros. Es lo que yo he hecho.

Te quiero mucho, gordo panzón. Feliz día.

6 comentarios

Archivado bajo Sin categoría

El cuenco de madera

Las intermitencias de la muerte

Érase una vez, en el antiguo país de las fábulas, una familia integrada por un padre, una madre, un abuelo que era el padre del padre y [un]… niño de ocho años, un muchachito. Sucedía que el abuelo ya tenía mucha edad, por eso le temblaban las manos y se le caía la comida de la boca cuando estaban a la mesa, lo que causaba gran irritación al hijo y a la nuera, siempre diciéndole que tuviera cuidado con lo que hacía, pero el pobre viejo, por más que quisiera, no conseguía contener los temblores, peor aún si le regañaban, el resultado era que siempre manchaba el mantel o el suelo al dejar caer la comida, por no hablar de la servilleta que le ataban al cuello y que era necesaria cambiarla tres veces al día, en el desayuno, al almuerzo y a la cena. Estaban las cosas así y sin ninguna expectativa de mejoría cuando el hijo decidió acabar con la desagradable situación. Apareció en casa con un cuenco de madera y le dijo al padre, A partir de ahora comerá aquí, sentado en el patio que es más fácil de limpiar para que su nuera no tenga que estarse preocupando con tantos manteles y tantas servilletas juntas. Y así fue. Desayuno, almuerzo y cena, el viejo sentado solo en el patio, llevándose la comida a la boca conforme era posible, la mitad se perdía en el camino, una parte de la otra mitad se le caía por la boca abajo, no era mucho lo que se le deslizaba por lo que el vulgo llama canal de la sopa.  Al nieto no parecía importarle el feo tratamiento que le estaban dando al abuelo, lo miraba, luego miraba al padre y a la madre, y seguía comiendo como si nada tuviera que ver con el asunto. Hasta que una tarde, al regresar del trabajo, el padre vio al hijo trabajando con una navaja un trozo de madera y creyó que, como era normal y corriente en esas épocas remotas, estaría construyendo un juguete con sus propias manos. Al día siguiente, sin embargo, se dio cuenta de que no se trataba de un carro, por lo menos no se veía el sitio donde se le pudieran encajar unas ruedas, y entonces preguntó, Qué estás haciendo. El niño fingió que no había oído y siguió excavando en la madera con la punta de la navaja, esto pasó en el tiempo que los padres eran menos asustadizos y no corrían a quitar de las manos de los hijos un instrumento de tanta utilidad para la fabricación de juguetes. No me has oído, qué estás haciendo con ese palo, volvió a preguntar el padre, y el hijo, sin levantar la vista de la operación, respondió, Estoy haciendo un cuenco para cuando seas viejo y te tiemblen las manos, para cuando tengas que comer en el patio, como el abuelo. Fueron palabras santas. Se cayeron las escamas de los ojos del padre, vio la verdad y la luz, y en el mismo instante fue a pedirle perdón al progenitor y cuando llegó la hora de la cena con sus propias manos lo ayudó a sentarse en la silla, con sus propias manos le acercó la cuchara a la boca, con sus propias manos le limpió suavemente la barbilla, porque todavía podía hacerlo y su querido padre ya no.

José Saramago. Las intermitencias de la muerte.
Primera edición. Buenos Aires: Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, 2005. Págs. 105-7.

Una fábula muy conocida, tomada del libro mencionado. El narrador menciona dicha fábula cuando las personas del país ficticio al que se refiere dicho narrador no saben qué hacer con los ancianos del país, ya que la muerte, por voluntad propia, decidió no cargarse a nadie. 

Lo que me gusta de los libros del portugués es que parte de situaciones ficticias, imposibles, absurdas, para luego, con maestría singular, revelarnos al punto del asombro nuestra condición humana. Vemos en sus elucubraciones descripciones crudas, reales, no ideales, y parecemos quedar perplejos ante semejantes comportamientos, para, segundos después, concluir que, efectivamente, somos los responsables de semejantes comportamientos. Según yo, neófito y recién iniciado lector, considero este uno de los mayores logros de Saramago.

La razón por la que cito enteramente esta fábula es porque me pareció formidable su inclusión en la trama. Le da un vuelco a la historia e, incluso, sospecho de que conminó a que los hechos siguientes sigan el curso descrito en el libro —que no mencionaré para no entorpecer la lectura del mismo.

Todo parece indicar que este es post con moraleja. Sí. Si tiene usted cerca a sus padres ya ancianos, quizá, pues, vaya y deles un abrazo y conviértase en el hijo más atento que le sea posible. Quién sabe, quizá la muerte —así, con minúscula— se tome unas largas vacaciones antes de visitar a su familia.

1 comentario

Archivado bajo Sin categoría