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El Obispo, mis obispos y yo

El obispo es un discípulo y testigo fiel de Jesucristo; es fiel a sus convenios; es leal a su esposa y considerado con ella. Él da un ejemplo de rectitud para sus hijos, para el barrio y para la comunidad.

(Manual 1: Presidentes de estaca y obispos, 2.1.1)

La definición citada muestra de manera sencilla lo que se espera de un obispo de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Este llamamiento, según creo yo, es medular dentro de la organización mormona, pues quien lo posea tiene la responsabilidad de ministrar a los miembros de su congregación con amor e interés, hasta el punto de ayudarles a convertirse en verdaderos discípulos de Jesucristo.

Mi papá se llamaba Pedro Palacios. Aunque yo era muy pequeño como para recordarlo, él fue mi obispo, exactamente, mi primer obispo. Sirvió en este llamamiento desde 1980 hasta 1985, en el barrio San Luis, el mismo barrio al que mi familia y yo asistimos. No tengo ningún recuerdo de su ministerio, pero innumerables veces he conversado con personas que sí lo recuerdan, y siempre han coincidido en que fue un buen obispo, que les ayudó, que les enseñó, que les corrigió, que los amó. Mi papá murió en junio del 2009, pero el legado de su servicio en este llamamiento se ha extendido más allá de su muerte.

Mi papá, Pedro Palacios, al centro, de camisa blanca sin saco.
Esta foto es de la palada inicial del centro de reuniones de la estaca San Luis, allá por 1971, aproximadamente.

De los siguientes dos obispos que tuve, José Luis Flores y Marcos Chamorro, no recuerdo mucho; todavía seguía siendo muy niño; aunque recuerdo que habían muchas actividades en la capilla.

Mi cuarto obispo se llamó José Huarcaya. De él sí tengo muchos recuerdos, pues fue mi obispo desde 1990 hasta 1997, la etapa en que yo estaba terminando la Primaria para luego recibir el sacerdocio aarónico. Recuerdo que me entrevistaba mucho, que me aconsejaba mucho, que estaba muy pendiente de mí. Él me extendió mi primer llamamiento: presidente del quórum de diáconos. En especial, recuerdo que una vez nos llevó al cine, a todos los hombres y mujeres jóvenes, para después retornar a la capilla. Ya en la capilla conversó con todos los varones que estábamos ahí y nos hizo llenar nuestros papeles para ser candidatos para la misión. Yo tenía tenía doce años y el 60% de mi paquete misional lleno. De aquel puñado de ocho jovencitos, seis servimos en una misión. Ese fue mi obispo Huarcaya.

En junio de 1997, el barrio San Luis se dividió y se llamó a un nuevo obispo, Ángel Peláez. El obispo Peláez fue un obispo diferente. Era una persona muy mayor y de una personalidad temperamental. Su ministerio no fue el ideal, pero después de tantos años, viendo las cosas en retrospectiva, me he dado cuenta de que el obispo Peláez hizo lo mejor que pudo. Serví como su ayudante en el quórum de presbíteros y aprendí de la administración de la Iglesia. El obispo Peláez hoy tiene más de ochenta años y, lamentablemente, se ha alejado de la Iglesia.

Mi siguiente obispo fue Carlos Huanca. Fue mi obispo desde el 2000 hasta el 2009, un período en el que sucedieron los acontecimientos más trascendentales de mi vida. El obispo Huanca fue la clase de líder que siempre estaba presente. Estuvo ahí cuando mi padre me confirió el sacerdocio de Melquisedec, cuando recibí mis investiduras, cuando me fui a la misión, cuando regresé y casi hasta cuando me casé. Fue un líder muy amoroso, servicial y carismático.

El 08 de agosto del 2010 se me dio la sagrada responsabilidad de prestar servicio como obispo del mismo barrio San Luis al que he pertenecido toda mi vida. Han pasado poco más de dos años desde ese día, pero aún a veces me sorprende que se me haya dado tan noble responsabilidad. Estoy muy lejos de ser el obispo ideal; de tener las cualidades de cada uno de los grandes hombres que me antecedieron; y, para ser sincero, siento que estoy muy lejos de dar la talla. Sin embargo, la responsabilidad sigue allí, y no sería la primera vez que el Señor confíe en el que parece ser el menos indicado.

Hoy, primero de enero, me levanté y abrí el Manual 1. Reflexioné y comencé a escribir este post.

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FamilySearch Indexing: Una oportunidad de servir

Después de mucho tiempo sin actualizar es hora de regresar con un post, según creo, importante.

El programa de Historia Familiar de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde hace ya algún tiempo, ha implemetado su servicio FamilySearch Indexing. ¿Qué es? Nada más y nada menos que una excelente oportunidad para que cualquier inexperto —como yo— pueda servir en este megaproyecto.

¿Pero qué es en sí FamilySearch Indexing?

FamilySearch Indexing es una plataforma que contiene una cantidad impresionante de registros civiles y eclesiásticos de todo el mundo —en formato de imagen—, y que permite que cualquier usuario pueda indexar esos registros e ingresarlos a una base de datos. Esta base de datos está a disposición de cualquier persona que desee obtener información genealógica. Además, lo más importante, estos datos permiten que los santos de los últimos días puedan hacer ordenanzas por sus antepasados.

¿Cómo funciona FamilySearch Indexing?

Se puede resumir en cinco pasos (los cuales tomé de la capacitación online):

  1. Voluntarios y empleados microfilman registros eclesiásticos y gubernamentales.
  2. Un microfilme puede contener centenares de nombres por indexar. Cada microfilme se divide en lotes.
  3. Dos personas diferentes indexan cada lote, para asegurar exactitud.
  4. Cuando las informaciones no coincidan, un usuario arbitrador revisará los lotes y hará los cambios necesarios.
  5. Cuando los lotes estén correctos se envían a una base de datos para ser publicadas.

¿Impresionante, no? Sí, pienso lo mismo. Para comenzar a indexar en necesario que te registres con tu LDS Account, si eres miembro de la Iglesia. Si no eres miembro de la Iglesia también puedes registrarte creando un nombre de usuario como en cualquier red social.

¿Cómo empezar a indexar?

En este documento encontrarás todo lo que necesitas saber para comenzar a indexar.

Si después de intentarlo te ha gustado no olvides compartirlo con alguien más. Suerte.

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El punto irreversible

Tengo sentimientos encontrados. Desde hace algunos meses estoy sirviendo como Obispo en una unidad de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Es una asignación que demanda mucha responsabilidad y que gustosamente acepté, pues siempre me he considerado presto para aceptar cualquier llamamiento. Siempre supe que me enfrentaba a algo que me demandaría tiempo y esfuerzos. Hasta ahí ningún problema. Lo que no comprendía, aunque se me dijo, era que una asignación de tal envergadura me demandaría esfuerzos mental y espiritual como jamás imaginé.

Durante las últimas semanas he visto asuntos serios en las vidas de las personas que pertenecen a mi unidad. No voy a detallar la clase de problemas, ni mucho menos daré nombres, pues cumplo una promesa de confidencialidad. Además no es eso de lo que deseo escribir en este post. De lo que deseo hablar es acerca de la importancia de vivir una vida con principios edificantes.

El rey Benjamín, profeta nefita que vivió en la antigua América, enseñó:

“Y además, quisiera que consideraseis el bendito y feliz estado de aquellos que guardan los mandamientos de Dios. Porque he aquí, ellos son bendecidos en todas las cosas, tanto temporales como espirituales…” (Mosíah 2: 41, cursiva agregada).

Las familias tendrán más éxito si se basan en principios correctos, específicamente en los principios del evangelio de Jesucristo. Nuestro Padre Celestial nos ha dado mandamientos porque nos ama. Muchas personas piensan que los mandamientos nos hacen infelices; nada más lejos de la realidad. El cumplimiento de los mandamientos nos dará “mayor sabiduría y fuerza de carácter.

La constante que he visto en los asuntos serios que he tratado es que hay un momento en que las personas ponen los mandamientos de Dios en segundo lugar. Las consecuencias son terribles, sin exagerar. La falta de castidad conduce a la destrucción de hogares. El vicio del alcohol deja sin amparo a familias, incluso invade de baja autoestima a quien lo padece. El orgullo impide que personas esencialmente buenas puedan dar los pasos que le lleven al progreso constante. La falta de perseverancia y dedicación hace que personas con gran potencial malgasten los días de su probación. Y así la lista continúa.

En la mayoría de las veces la obediencia demanda sacrificio. Es que cuesta dejar de lado hábitos arraigados en nuestra personalidad; cuesta dar nuestro brazo a torcer y tragarnos nuestro orgullo; cuesta refrenar nuestras pasiones. Pero si el beneficio que obtendremos es mayor que lo sacrificado ¿acaso no vale la pena?

Quizá es un ejemplo extremo, pero me parece apropiado. A Abraham, profeta de los tiempos antiguos, se le mandó sacrificar a su único y tan esperado hijo Isaac. Probablemente Abraham no comprendía qué razones motivaban a Jehová para que le mande tal cosa, sin embargo obedeció y mostró disposición a obedecer cualquier mandamiento de Dios. Las bendiciones que obtuvo por mostrar tal disposición son tan grandes que incluso nosotros, hoy en día, gozamos de las consecuencias. Abraham llegó a ser padre de generaciones mediante Isaac, y se le cuenta como uno de los grandes profetas.

Cuando una persona deja que sus pasiones lo dominen, y rompe mandamiento tras mandamiento, inevitablemente se llega al punto irreversible. Spencer W. Kimball, duodécimo Presidente de Iglesia, en su libro El Milagro del Perdón, enseñó:

“A medida que el transgresor se hunde más y más en su pecado, y el error se arraiga más profundamente y se debilita la voluntad para cambiar, la situación va cobrando una desesperanza cada vez mayor, y él continúa su descenso hasta que, o se niega a volver a subir, o ha perdido la facultad para hacerlo.” (Pág. 115.)

El temido punto irreversible. Nadie debería llegar a este punto. Debemos corregir nuestros errores antes de que se hagan hábitos. Debemos eliminar cualquier atisbo de inmundicia, aún cuando parezca un pensamiento inocente. Hay más posibilidades de no cometer pecados si hacemos todo lo posible por evitarlos. La desobediencia a los mandamientos divinos siempre conduce a la infelicidad.

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Feliz año

Con esta entrada quiero despedir este año. Personalmente, ha sido un año de decisiones importantes. De desafíos mayores. Y de progreso también. Hay cosas en las que me he estancado, pero, en resumen, me ha ido bien.

Este año que viene será mejor. Y será de grandes cambios. El principal: mi matrimonio. La decisión está tomada y no me he arrepentido en ningún momento, así que eso es una buena señal. Con amor uno es capaz de adaptarse a todos los cambios. Además, a la Patricia la amo muchísimo. Así que, Patricia, bienvenida a mi vida.

Por otro lado, este año escudriñaré más concienzudamente la doctrina del evangelio de Jesucristo. Es de vital importancia para toda persona obtener un conocimiento profundo del evangelio, no solo por cultura general, sino, para los que profesamos la fe cristiana, porque es un conocimiento redentor. Obviamente las obras van de la mano con el conocimiento, por lo tanto, también en este respecto me esforzaré más. Además, como santo de los últimos días que soy, y por la responsabilidad que tengo dentro de mi unidad, se requiere aún más de mí. 

Y por último, la actividad que más deleite me proporciona: la lectura. Este año que está terminando he leído muchos libros, principalmente de Literatura. Qué placer proporciona leer un buen libro; sumergirse en las profundidades de una buena trama; hacer volar la imaginación hasta los confines más inesperados; dotar de realidad a personajes inextricables; invadir la ficción huyendo de la realidad; vivir una vida  que no es la tuya, pero que la sientes más real. Sí, me gusta leer. Este año leeré más. Me inscribiré a cuantas bibliotecas me sean posibles. Y aquí, en mi blog, dejaré constancia de cada paso, cada descubrimiento, cada asombro que me produzcan los libros.

Me siento feliz como la ballena de Twitter —cualquier parecido es pura coincidencia—. Es como si la ficción me sacara del mar y me llevara a un mundo desconocido, sin extrañar a la realidad. Fantástico.

twitter's whale

¡FELIZ AÑO NUEVO!

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