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Sobre la responsabilidad de ser padre

Padres, si queréis que vuestros hijos sean instruidos en los principios del evangelio, si queréis que amen la verdad y la entiendan, si deseáis que os obedezcan y se unan a vosotros, ¡amadlos!; mostradles que los amáis con toda palabra o acto relacionado con ellos. Por vuestro propio bien, por el amor que debe existir entre vosotros y vuestros hijos, pese a lo rebelde que sea o se porte mal éste o aquél, cuando les habléis, no lo hagáis con ira; no lo hagáis ásperamente con un espíritu condenador. Habladles con bondad; sometedlos y llorad con ellos si es necesario, y de ser posible, procurad que viertan lágrimas con vosotros. Suavizad sus corazones; procurad que se enternezcan hacia vosotros. No empleéis el látigo ni la violencia, más bien… razonad; tratadlos con la razón, con la persuasión y con amor sincero… Pero procurad que sientan lo que vosotros sentís, que tengan interés en las cosas en que vosotros estáis interesados, que amen el evangelio como vosotros lo amáis, que se amen el uno al otro como vosotros los amáis y que amen a sus padres como éstos aman a sus hijos. No hay otra manera de hacerlo.

—Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio.

Comencé con esta cita porque encierra todo lo que quiero escribir en este post. Últimamente, Patricia y yo pasamos por momentos en los que no sabemos cómo enseñar correctamente a nuestra pequeña Lía a ser una buena niña. Quizá alguno podría decir que aún es muy pequeñita; o que este asunto aún no debería preocuparnos tanto; sin embargo, la preocupación sigue latente.

Las palabras del presidente Smith han caído como lluvia en verano seco. Como base doctrinal, podría resaltar los principios que se mencionan en Doctrina y Convenios 121:41-44: persuasión, longanimidad, benignidad, mansedumbre, amor sincero, bondad, conocimiento puro, &. La labor de criar un hijo es ardua y larga, pero es trascendental; pues, se están poniendo los cimientos de generaciones.

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La felicidad de Patricia

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Fuente: archivo personal

Patricia despertó un día cualquiera ya bien entrada la mañana. A través de las cortinas no sólo se colaban los primeros rayos de luz que hacían del verano una temporada feliz, sino también el martilleo constante y uniforme que venía desde el taller del patio del primer piso. Para cualquier persona aquel martilleo sería molesto, peor aún si hace las veces de despertador y se convierte en el primer sonido de la mañana, pero para Patricia no. Para ella, que había crecido entre virutas y herramientas de carpintero, aquel martilleo traía a su memoria, y con mayor intensidad aún a esa hora de la mañana, cuando la mente todavía está vacía, la imagen de su padre trabajando constante y silenciosamente sobre la madera, cual artista que esculpe sobre la materia deforme que, tras horas de talento y paciencia, deja vislumbrar una forma que antes solo existía en su mente. Al darse vuelta Patricia se da cuenta de que su madre está sentada en su sillón al final de su cama, tejiendo, aunque sin sonido perceptible sí de forma constante e uniforme, probablemente una bufanda, porque el verano es corto, y porque su madre siempre piensa en lo que va a venir después del hoy, virtud, la de pensar en el mañana, que se desarrolla con mayor intensidad cuando las mujeres se vuelven madres. La madre, al verse descubierta por la mirada de Patricia, deja escapar una sonrisa pícara pensando, quizás, que debería llamarle la atención por quedarse tanto tiempo en la cama, pero, al final, desistiendo porque las madres quieren ver a sus hijos felices y, porque, además, es verano, por lo tanto, no hay colegio al que se deba ir.

Escuchar el martilleo de su padre entrar por la ventana y ver la sonrisa indulgente de su madre dentro de su habitación le provocarían un torrente de sentimientos que permanecerá para siempre en un rincón de su memoria, a la espera de ser cogidos en cualquier momento y revivir, en Patricia, aquellos años perfectos que ya no volverán. Por encima de todos los sentimientos, Patricia siempre recordará el de seguridad: esa sensación de protección, de que todo está yendo bien, de que no hay nada de qué preocuparse, porque de faltar algo sus padres siempre lo solucionarán. Este sentimiento de seguridad, sentimiento predominantemente manifiesto en las mujeres, Patricia lo añorará siempre. Otro sentimiento, y no por ser segundo menos importante, fue el de sentirse amada, querida, sentirse una protagonista en la vida de sus padres, porque cuando uno tiene ese sentimiento de pertenencia que da el amor siente que se le respeta, que siempre se le tendrá en consideración, que se es importante. Y aunque a Patricia nunca sus padres le dejaron de amar, indefectiblemente muchas cosas cambiaron con el pasar de los años. Por eso, aquella época, cuando Patricia no tenía más responsabilidades que los estudios, es una de aquellas a la que ella más acude en busca de solaz.

Y ayer, después de muchos años, y con la perspectiva de quien ve sus recuerdos desde una posición más elevada, Patricia se sorprendió al darse cuenta pasar por alto un detalle de éste, uno de los más especiales de sus recuerdos. Porque, cual música de fondo, cual banda sonora de película, cual respetuoso toque de trompeta de minuto de silencio, sobre el eucalipto del patio el canto de pajaritos, felices también por el verano, se amalgamó al martilleo paternal y a la sonrisa maternal, en perfecta armonía y como la situación lo ameritaba. Un canto que jamás quiso ser protagonista, pero tampoco que quiso quedarse atrás. Un canto de esos que se vuelven indisolubles a situaciones fuera de serie, como la que Patricia recuerda ahora. De ese tipo de cantos que siempre van acompañando al recuerdo y que no se pueden separar de él, tal como un libro no puede separarse de las letras que le adornan.

Y así, Patricia descubrió nuevamente que la felicidad se presenta en muchas formas.


Estas líneas fueron escritas por la necesidad de dejar plasmado un recuerdo que, hace unas semanas, Patricia Pérez, mi novia y futura esposa, compartió conmigo. El archivo original se encuentra en mi libro de memorias.      

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