Personas así, como este don José, se encuentran en todas partes, ocupan el tiempo que creen que les sobra de la vida juntando sellos, monedas, medallas, jarrones, postales, cajas de cerillas, libros, relojes, camisetas deportivas, autógrafos, piedras, muñecos de barro, latas vacías de refrescos, angelitos, cactos, programas de ópera, encendedores, plumas, búhos, cajas de música, botellas, bonsáis, pinturas, jarras, pipas, obeliscos de cristal, patos de porcelana, muñecos antiguos, máscaras de carnaval, lo hacen probablemente por algo que podríamos llamar angustia metafísica, tal vez porque no consiguen soportar la idea del caos como regidor único del universo, por eso, con sus débiles fuerzas y sin ayuda divina, van intentando poner algún orden en el mundo, durante un tiempo lo consiguen, pero sólo mientras pueden defender su colección, porque cuando llega el día en que se dispersa, y siempre llega ese día, o por muerte o por fatiga del coleccionista, todo vuelve al principio, todo vuelve a confundirse.
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Cita 001 > José Saramago
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La Biblia y la literatura
[8] Fueron una vez los árboles a elegir sobre sí, y dijeron al olivo: Reina sobre nosotros.
[9] Mas el olivo respondió: ¿He de dejar mi aceite, con el cual en mí se honra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles?
[10] Y dijeron los árboles a la higuera: Anda tú, reina sobre nosotros.
[11] Y respondió la higuera: ¿He dejar mi dulzura y buen fruto, para ir a ser grande sobre los árboles?
[12] Dijeron luego los árboles a la vid: Pues ven tú, reina sobre nosotros.
[13] Y la vid les respondió: ¿He de dejar mi mosto, que alegra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles?
[14] Dijeron entonces todos los árboles a la zarza: Anda tú, reina sobre nosotros.
[15] Y la zarza respondió a los árboles: Si en verdad me elegís por rey sobre vosotros, venid, abrigaos bajo mi sombra; y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano.
Santa Biblia, Jueces capítulo 9
(Versión Reina-Valera, 1960.)
Estas frases han sido consideradas un delite para quien escribe. Tiene todo; tiene fondo y tiene forma. A pocas personas de las que conozco y frecuento les he escuchado decir que consideren a la Biblia con apreciación literaria. Quien escribe tampoco había considerado a la Biblia en la categoría de literatura. Un momento, me explico. A veces se tiene la idea de que hablar de literatura solo concierne a los libros que cuentan ficciones, pero dentro de la clasificación está el género non-fiction; supongo que la Biblia se encuentra dentro de este género. También se tiende a apartar de la literatura a los libros de religión (escrituras), cuando, según mi parecer, es precisamente en estos libros donde se puede descubrir lenguajes casi extintos cuando se narran las relaciones entre los hombres y sus deidades. Supongo que debe haber quienes clasifiquen a la Biblia fuera del género non-fiction, pues consideran a la Biblia como un libro más y no como un libro sagrado. Se respeta. Pero quien escribe considera a la Biblia como un libro sagrado y como una fuente exquisita de recursos literarios. Repito: tiene fondo y tiene forma. La cita en ciernes es un buen ejemplo.
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Ulises (fragmento)
—Porque no ahorra —dijo el señor Deasy, señalándole con el dedo—. Todavía no sabe lo que es el dinero. El dinero es poder, cuando haya vivido tanto como yo. Ya sé, ya sé. Si la juventud supiera. Pero ¿qué dice Shakespeare? «Basta que metas dinero en tu bolsa.»
—Iago —murmuró Stephen.
Levantó los ojos de las conchas abandonadas, hasta la mirada fija del viejo.
—Él sabía lo que era el dinero —dijo el señor Deasy—. Poeta, pero también inglés. ¿Sabe usted qué es el orgullo del inglés? ¿Sabe cuáles son las palabras más orgullosas que oirá usted salir de la boca de un inglés?
El dueño de los mares. Sus ojos fríos como el mar miraban la bahía vacía: sobre mí y sobre mis palabras, sin odiar.
—Que sobre su imperio —dijo Stephen— nunca se pone el sol.
—¡Bah! —gritó el señor Deasy—. Eso no es inglés. Un celta francés dijo eso.
Tamborileó con su cajita contra la uña del pulgar.
—Se lo diré yo —dijo solemnemente—, de qué presume con más orgullo: «He pagado siempre.»
Buen hombre, buen hombre.
—«He pagado. Nunca he pedido prestado un chelín en mi vida»… ¿Lo puede sentir usted? «No debo nada.» ¿Puede usted?
A Mulligan, nueve libras, tres pares de calcetines, un par de botas, corbatas. A Curran, diez guineas. A McCann, una guinea. A Fred Ryan, dos chelines. A Temple, dos almuerzos. A Russell, una guinea, a Cousins, diez chelines, a Bob Reynolds, media guinea, a Kohler, tres guineas, a la señora McKernan, cinco semanas de pensión. El bulto que tengo es inútil.
—Por el momento, no —contestó Stephen.
James Joyce, Ulises,
Trad. J. M. Valverde. Editorial Lumen Tusquets. Barcelona, 2004. Pág. 98-99.
Ahora entiendo por qué Vargas Llosa quedó fascinado cuando descubrió a James Joyce.
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Empezar de nuevo
Como ya lo mencioné en mi entrada anterior, el 20 de febrero último me casé, así que por razones de fuerza mayor, no tuve mucho tiempo para escribir como hubiera querido —aunque nunca escribo como hubiera querido, valgan verdades— ni tampoco he leído como se debe. ¿El resultado? entradas en blanco, imposibles de ser publicadas.
Pero ya me he arrepentido y he vuelto a comenzar. No sé si lo he mencionado antes pero yo escribo este blog porque la literatura es la rama de las humanidades que más me fascina. Siempre me sorprendo estupefacto y anonadado ante un buen fragmento de un libro. Por eso siempre me encuentro regresando a partes ya leídas, tratando de tener nuevos sentimientos y mayores luces al respecto. Hace poco estuve leyendo una entrada muy interesante acerca de la cantidad de libros que un hombre promedio puede leer en toda su vida (cortesía de Bloodyhell). Esto me hizo recordar que a veces tengo la sensación de estar desperdiciando estúpidamente el tiempo, que hay tantos libros que tengo que leer antes de que me extinga la vida, pero que no lo hago. Bueno, tanto lamento no sirve de nada, así que al grano.
Ahora me encuentro leyendo La ciudad y los perros, del primer escritor peruano Mario Vargas Llosa, como seguro usted ya debe haberlo sabido. Qué puedo decir que no se haya dicho ya: el deleite es enorme. Estoy disfrutando mucho de esta lectura. Más adelante, con un poco más de propiedad, escribiré algo más que tan solo sentimientos, algo más contundente y estructurado.
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De atrás para adelante
Uno de los personajes literarios que han quedado en mi mente es Tertuliano Máximo Afonso, aquel introvertido profesor de Historia quien, al encontrar a un tipo idéntico a él, sufre un severo problema de identidad; protagonista principal de El hombre duplicado. Tertuliano es un personaje entrañable, pues en su comportamiento se encuentran muchas de esas actitudes que discurren dentro de los límites de nuestro interior, es decir, leer el desenvolvimiento de la mente de Tertuliano es descubrir que nuestro interior muchas veces tiene el mismo comportamiento. Éste es un logro al que Saramago ya nos tiene acostumbrados.
Uno de los razonamientos de Tertuliano es el que le da el título a esta entrada. Como lo mencioné, Tertuliano es profesor de Historia. Es un buen profesor, por la misma razón por la que posee una desarrollada capacidad de análisis. Es, precisamente, uno de estos esmerados análisis lo que le llevó a proponer, en repetidas ocasiones, según menciona el narrador, que el curso de Historia debería enseñarse de atrás para adelante, es decir, comenzar por los temas más actuales para luego ir desarrollando, poco a poco, los acontecimientos más anteriores. Por causa de esta ingeniosa metodología, propuesta en la reunión de profesores y bajo la presidencia del Director, Tertuliano era motivo de burlas ocultadas sin esmero de parte de los demás colegas. Sin embargo, y aunque inicialmente no era de su agrado, el Director le pidió que sustentara su metodología y que se la presentara para que pudiera ser propuesta a las autoridades pertinentes.
Al final, Tertuliano nunca pudo saber si su propuesta sería el inicio de una reforma educativa radical o no, ya que nunca presentó tal propuesta. La razón: tiene que leer El hombre duplicado.
Mientras leía esta ocurrencia de Tertuliano, y cabe señalar que no es el tema principal de la novela, mas sí es una situación que resalta las características del profesor de Historia, decía que mientras leía la propuesta esta pensaba que es una excelente idea para quien, como yo, se inicia en la lectura sistemática y ordenada de obras literarias. Así, por ejemplo, debería comenzar leyendo a mis contemporáneos, para luego descubrir las influencias de éstos, quienes serán los siguientes en la cola de lectura; así hasta los clásicos. Seguramente usted coincidirá conmigo en afirmar que puede ser muy tedioso, para el lector no entrenado, tener que comenzar a leer a los clásicos, abrumado por la necesidad, y placer, de leer a los contemporáneos, o los del Boom, o los del Siglo de Oro, o a los victorianos, etc.
Bueno, sea efectivo o no, es el método que estoy siguiendo, y no me quejo. Me satisface poder discernir las influencias de los escritores, y darme cuenta de sus propios aportes narrativos, estilísticos, temporales, etc.
Gracias, Tertuliano. A usted también, Sr. Saramago.
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