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El cuenco de madera

Las intermitencias de la muerte

Érase una vez, en el antiguo país de las fábulas, una familia integrada por un padre, una madre, un abuelo que era el padre del padre y [un]… niño de ocho años, un muchachito. Sucedía que el abuelo ya tenía mucha edad, por eso le temblaban las manos y se le caía la comida de la boca cuando estaban a la mesa, lo que causaba gran irritación al hijo y a la nuera, siempre diciéndole que tuviera cuidado con lo que hacía, pero el pobre viejo, por más que quisiera, no conseguía contener los temblores, peor aún si le regañaban, el resultado era que siempre manchaba el mantel o el suelo al dejar caer la comida, por no hablar de la servilleta que le ataban al cuello y que era necesaria cambiarla tres veces al día, en el desayuno, al almuerzo y a la cena. Estaban las cosas así y sin ninguna expectativa de mejoría cuando el hijo decidió acabar con la desagradable situación. Apareció en casa con un cuenco de madera y le dijo al padre, A partir de ahora comerá aquí, sentado en el patio que es más fácil de limpiar para que su nuera no tenga que estarse preocupando con tantos manteles y tantas servilletas juntas. Y así fue. Desayuno, almuerzo y cena, el viejo sentado solo en el patio, llevándose la comida a la boca conforme era posible, la mitad se perdía en el camino, una parte de la otra mitad se le caía por la boca abajo, no era mucho lo que se le deslizaba por lo que el vulgo llama canal de la sopa.  Al nieto no parecía importarle el feo tratamiento que le estaban dando al abuelo, lo miraba, luego miraba al padre y a la madre, y seguía comiendo como si nada tuviera que ver con el asunto. Hasta que una tarde, al regresar del trabajo, el padre vio al hijo trabajando con una navaja un trozo de madera y creyó que, como era normal y corriente en esas épocas remotas, estaría construyendo un juguete con sus propias manos. Al día siguiente, sin embargo, se dio cuenta de que no se trataba de un carro, por lo menos no se veía el sitio donde se le pudieran encajar unas ruedas, y entonces preguntó, Qué estás haciendo. El niño fingió que no había oído y siguió excavando en la madera con la punta de la navaja, esto pasó en el tiempo que los padres eran menos asustadizos y no corrían a quitar de las manos de los hijos un instrumento de tanta utilidad para la fabricación de juguetes. No me has oído, qué estás haciendo con ese palo, volvió a preguntar el padre, y el hijo, sin levantar la vista de la operación, respondió, Estoy haciendo un cuenco para cuando seas viejo y te tiemblen las manos, para cuando tengas que comer en el patio, como el abuelo. Fueron palabras santas. Se cayeron las escamas de los ojos del padre, vio la verdad y la luz, y en el mismo instante fue a pedirle perdón al progenitor y cuando llegó la hora de la cena con sus propias manos lo ayudó a sentarse en la silla, con sus propias manos le acercó la cuchara a la boca, con sus propias manos le limpió suavemente la barbilla, porque todavía podía hacerlo y su querido padre ya no.

José Saramago. Las intermitencias de la muerte.
Primera edición. Buenos Aires: Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, 2005. Págs. 105-7.

Una fábula muy conocida, tomada del libro mencionado. El narrador menciona dicha fábula cuando las personas del país ficticio al que se refiere dicho narrador no saben qué hacer con los ancianos del país, ya que la muerte, por voluntad propia, decidió no cargarse a nadie. 

Lo que me gusta de los libros del portugués es que parte de situaciones ficticias, imposibles, absurdas, para luego, con maestría singular, revelarnos al punto del asombro nuestra condición humana. Vemos en sus elucubraciones descripciones crudas, reales, no ideales, y parecemos quedar perplejos ante semejantes comportamientos, para, segundos después, concluir que, efectivamente, somos los responsables de semejantes comportamientos. Según yo, neófito y recién iniciado lector, considero este uno de los mayores logros de Saramago.

La razón por la que cito enteramente esta fábula es porque me pareció formidable su inclusión en la trama. Le da un vuelco a la historia e, incluso, sospecho de que conminó a que los hechos siguientes sigan el curso descrito en el libro —que no mencionaré para no entorpecer la lectura del mismo.

Todo parece indicar que este es post con moraleja. Sí. Si tiene usted cerca a sus padres ya ancianos, quizá, pues, vaya y deles un abrazo y conviértase en el hijo más atento que le sea posible. Quién sabe, quizá la muerte —así, con minúscula— se tome unas largas vacaciones antes de visitar a su familia.

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Feliz año

Con esta entrada quiero despedir este año. Personalmente, ha sido un año de decisiones importantes. De desafíos mayores. Y de progreso también. Hay cosas en las que me he estancado, pero, en resumen, me ha ido bien.

Este año que viene será mejor. Y será de grandes cambios. El principal: mi matrimonio. La decisión está tomada y no me he arrepentido en ningún momento, así que eso es una buena señal. Con amor uno es capaz de adaptarse a todos los cambios. Además, a la Patricia la amo muchísimo. Así que, Patricia, bienvenida a mi vida.

Por otro lado, este año escudriñaré más concienzudamente la doctrina del evangelio de Jesucristo. Es de vital importancia para toda persona obtener un conocimiento profundo del evangelio, no solo por cultura general, sino, para los que profesamos la fe cristiana, porque es un conocimiento redentor. Obviamente las obras van de la mano con el conocimiento, por lo tanto, también en este respecto me esforzaré más. Además, como santo de los últimos días que soy, y por la responsabilidad que tengo dentro de mi unidad, se requiere aún más de mí. 

Y por último, la actividad que más deleite me proporciona: la lectura. Este año que está terminando he leído muchos libros, principalmente de Literatura. Qué placer proporciona leer un buen libro; sumergirse en las profundidades de una buena trama; hacer volar la imaginación hasta los confines más inesperados; dotar de realidad a personajes inextricables; invadir la ficción huyendo de la realidad; vivir una vida  que no es la tuya, pero que la sientes más real. Sí, me gusta leer. Este año leeré más. Me inscribiré a cuantas bibliotecas me sean posibles. Y aquí, en mi blog, dejaré constancia de cada paso, cada descubrimiento, cada asombro que me produzcan los libros.

Me siento feliz como la ballena de Twitter —cualquier parecido es pura coincidencia—. Es como si la ficción me sacara del mar y me llevara a un mundo desconocido, sin extrañar a la realidad. Fantástico.

twitter's whale

¡FELIZ AÑO NUEVO!

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Introducción a Pociones

“Vosotros estáis aquí para aprender la sutil ciencia y el arte exacto de hacer pociones. Aquí habrá muy poco de estúpidos movimientos de varita y muchos de vosotros dudaréis que esto sea magia. No espero que lleguéis a entender la belleza de un caldero hirviendo suavemente, con sus vapores relucientes, el delicado poder de los líquidos que se deslizan a través de las venas humanas, hechizando la mente, engañando los sentidos… Puedo enseñaros cómo embotellar la fama, preparar la gloria, hasta detener la muerte… si sois algo más que los alcornoques a los que habitualmente tengo que enseñar.”

Severus Snape, Profesor de Pociones.
(Citado en Harry Potter y la Piedra Filosofal, Cap. 8.)

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Cuando la ficción se hace realidad

El último domingo se publicó en la columna Piedra de toque, del escritor Mario Vargas Llosa, una nota muy interesante acerca de Boma, una ciudad congoleña*.

El artículo completo es muy interesante pero sólo quiero referirme a una frase que Vargas Llosa escribió casi al final, a propósito de las actividades imaginarias en las que estaban embarcados estos congoleños. La frase reza así:

Cuando la realidad se vuelve irresistible, la ficción es un refugio. Por eso existe la literatura, esa escapatoria de los tristes, los nostálgicos y los soñadores.

Hay ocasiones cuando la realidad parece ficción. Cuando los infortunios que nos ocurren parecen sacados del más triste de los dramas. Pero también hay momentos de felicidad que son dignos de ser congelados en el tiempo. A veces la realidad es absurda y mezquina, incapaz de comportarse como uno quisiera. Allí es cuando la literatura se desarrolla en su máximo esplendor, cuando su utilidad alcanza su mayor potencia, pues crea en el lector una realidad paralela, con sus propios parámetros y, cuando la ficción concluye, lo devuelve a la realidad con una sensibilidad mayor que le permite afrontar la realidad con otra perspectiva, o, por el contrario, lo devuelve más débil ante ella, depende del individuo. El lector, devuelto a la realidad, encontrará los mismos rasgos de los personajes que conoció en la ficción. Identificará contextos semejantes a los de la ficción y ocurrirá una especie de déjà vu, como si lo que acontece ya hubiera ocurrido antes, dentro de los lindes de la ficción. Allí es cuando la ficción se convierte en un bálsamo para el acongojado lector que vive, quizá sin querer, en la realidad.

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Descargar artículo completo: El archivista y los empleos imaginarios


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