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Libros en la cola

El martes pasado finalizó la vigésimo novena Feria del Libro Ricardo Palma, y me hice de un buen arsenal de libros como para que me abstraigan de la realidad hasta mediados del próximo año, cuando sea la Feria Internacional del Libro de Lima. Principalmente, me he abastecido de libros de Julio Ramón Ribeyro (no estaba feliz conmigo mismo de haberme comprado Los cuentos de Beedle el bardo y nada de él) y también comenzaré, de una vez por todas, la serie En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, cuyo primer libro es Por la parte de Swann. Debo admitir que este último tiene su nivel de complejidad.

Ya iré escribiendo mis impresiones acerca de lo que vaya deslumbrándome.

Aquí algunas portadas de los libros que adquirí:

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Aprendiendo a leer

Mi mamá siempre andaba tras de mí, obligándome a leer libros. Recuerdo que ella me sentaba en la mesa de la cocina con uno de esos libros de Un cuento para cada día, y, haciendo honor al título, me hacía leer un cuento cada día. Cada vez que leía mal una palabra ella la decía correctamente mientras seguía picando las cebollas, y yo pensaba “¡ala! se sabe todos los cuentos”.

Recuerdo haber leído las aventuras de Iván el Terrible, Sinbad el marino —sí, con ‘n’— y uno que no me acuerdo el nombre, pero que trataba de un pescador que se encontró con un pez que hablaba y que le prometía cumplir sus deseos, al pescador, a cambio de que no se lo coma. Pero la mujer del pescador pedía deseos cada vez más opulentos, hasta que el pez le quitó todos los deseos cumplidos. No recuerdo bien cuál era la moraleja, pero lo que sí recuerdo es que fue la primera vez en que aprendí que las mujeres pueden ser muy ambiciosas. Miren por dónde viene uno a darse cuenta ¿no?

Cuando niño viví algunos años en Santiago de Chile, con la famlia de mi mamá. Recuerdo que se me dio por no querer leer más, además mi mamá no podía estar tras de mí porque tenía que ir a trabajar y yo me quedaba solo. Error. Porque además de escuchar los sermones de mi mamá tuve que soplarme los de mi tía, que era socia activa de la biblioteca Andrés Bello, en Santiago. ¡Figúrense! Cada domingo que visitábamos a la tía Amalia era un castigo para mí, porque yo era el tema de conversación; escuchaba a mi mamá decir “que el Gonzalo no quiere leer”, “que su maestra dice que él puede dar más”, “que no sé qué voy a hacer”, “que qué va a ser de su vida”, y un largo etcétera de lamentos maternales. La tía Amalia se tomó a pecho el encargo y me dio asignaciones de lecturas, incluyendo preguntas de compresión lectoras. Y claro, como la tía era socia activa de la biblioteca Andrés Bello, no escatimaba esfuerzos en obsequiarme cuanto libro pasaba por sus manos.

Recuerdo que me hacía preguntas sobre las injusticias de la vida. “Qué injusto —pensaba— que justo cuando acabe el colegio tenga que ponerme a leer en casa”. Recuerdo que hasta deseaba haber nacido en la casa del vecino, porque permitía que sus hijos jueguen pelota todo el día, “esa sí es vida —pensaba— no tener que andar leyendo al Papelucho”. Y así transcurrió mi niñez en Santiago, entre páginas e injusticias.

Ya en Lima, nuevamente, mi tía Amalia se encargó de mandarme libros de vez en cuando. Y claro, tuve que escuchar nuevamente la cantaleta de mi madre, pero esta vez quejándose ante mi padre. Mi papá tenía otros métodos, digamos, más dolorosos, para cultivar en mí el maravilloso hábito de la lectura. No veía nada maravilloso en que se me obligue a leer. Pensaba en que era una víctima del sistema, que no reconocía mis derechos, que era pisoteado, que no había nada malo en jugar. Pero poco servían mis argumentos ante la correa amenazante de mi viejo.

Y leí. Estoicamente tuve que aguantar la paliza y ponerme a leer. Debo confesar que extrañaba a mi tía Amalia; porque ella me hacía preguntas con la intención de desarrollar en mí el hábito lector, es decir, no importaba que yo respondiera bien o mal, total ella sólo quería que me ponga a leer, que creara el hábito. En cambio, mi papá no, él sí quería una respuesta contundente a sus preguntas, además no importaba cuán bien le respondiera, para él siempre estaba mal lo que yo diga. A esto se le sumaba la ira que mi viejo sentía cuando revisaba mis notas escolares, es que yo no era muy bueno cuando de dictados se trataba.

Recuerdo haber comenzado unas doce veces Historia de dos ciudades de Charles Dickens. Recuerdo haberlo pintarrajeado como consecuencia de mi aburrimiento, colocando un ‘Batman’ al lado de la diligencia de Dover en la primera hoja. Pero una vez hice el esfuerzo de terminar por lo menos el primer capítulo para saber de qué se trataba en bendito libro, por lo menos para saber a qué ciudades se refería, porque se me había dado por ubicar en el mapa cuanta cuidad oía.

Recuerdo haber llorado cuando leí los pensamientos de Sidney Carton antes de que hiciera el sacrificio vicario en favor de Charles Darnay. Lloré. Me emocioné mucho, deseé ser Sidney Carton, ese brillante y cabizbajo abogado que estaba profundamente enamorado de Lucía Manette, a tal extremo de permitir que ella viva feliz al lado de Darnay. Sí, amigos, acabé el libro. Y, de paso, Historia de dos ciudades se convirtió en un libro al que he de volver muchas veces

Y después no había quien me parara: Viaje alrededor de la luna, Papelucho en la Clínica, acabé con los cuentos para todo el año en un mes, y seguí con las fábulas, La vuelta al mundo en 80 días y así un grna número de libros de corte juvenil. Ya entrando en la adolescencia leí No se lo digas a nadie de Jaime Bayly, más por curiosidad que por otra cosa, La furia de Aquiles de Gustavo Rodríguez, ahora último Abril Rojo de Santiago Roncagliolo. Y muchos, muchos más.

El hecho es que ahora me siento profundamente agradecido a todos aquellos que me obligaron a leer. La lectura me volvió más reflexivo, más pensante, más silencioso, más paciente. Incrementó mi bagaje léxico y ayudó notablemente a mi ortografía, tanto así que lo veo como un signo de distinción mío.

Yo diría que la lectura es un vicio confortador. No se nos van a quemar los sesos como al Quijote. No. Al contrario, nos hará personas más críticas, veremos la cosas desde distintas perspectivas, nos hará más sensibles. Y si nos acostumbramos a escribir nuestras impresiones y nuestras memorias, mejor aún.

Por eso, ahora no puedo estar sin leer.

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