El capítulo 58 del libro de Isaías siempre he sido uno de mis favoritos. Este capítulo trata principalmente sobre el verdadero ayuno y sobre el día de reposo. El versículo 12 —que no trata exactamente sobre ayuno o día de reposo— contiene una frase que desde que la leí me dejó impresionado:
Los cimientos de generación en generación levantarás.
A menudo me he puesto a pensar qué querrá decir este pasaje exactamente. Al margen del tema del ayuno, que es el tema principal del capítulo, me impresiona saber que tengo la capacidad de levantar cimientos de generación en generación. Cabe mencionar que desde que mi hija Lía nació, este tema ha cobrado mucho más interés en mí, pues la generación ya se está haciendo tangible… y con el nuevo hijo —o hija— que Patricia y yo estamos esperando aún más.
La Liahona de este mes contiene un artículo precioso que, nuevamente, me ha hecho pensar en este tema. Dicho artículo se llama “Dos pioneros a dos siglos de distancia” y puede ser leído desde aquí. Este artículo es narrado por una joven santo de los últimos días de Taiwán, y cuenta las peripecias que tuvo que pasar para abrazar la fe en Cristo; paralelamente, se narra la historia de un pionero escocés, quien, paradójicamente, está enlazado a través de las generaciones con la joven taiwanesa.
El artículo es muy inspirador. Nuevamente me ha hecho pensar cuán importante es la labor que tenemos mi esposa y yo sobre nuestras generaciones. El mayor legado que puedo dejar a mis generaciones es una fe arraigada en Cristo; es lo más grande que puedo dejarles. Pero qué complicado se hace a veces. Uno es tan negligente que deja pasar el tiempo y no hace nada que sea positivamente perdurable. Pasamos por alto que son los pequeños detalles que, sumados en retrospectiva, harán la diferencia. Si no somos nosotros los padres quienes influyan más en la vida de los hijos, entonces otros serán quienes lo hagan; y los resultados no siempre serán los deseados.
Escribo esto porque me preocupa las generaciones que vendrán después de mí. Y lo escribo públicamente porque también me preocupa, querido lector, las generaciones que vendrán después de usted. ¡Nuestras generaciones vivirán juntas! Y yo deseo que mis generaciones tengan influencias positivas además de las de sus padres. Pensemos, usted y yo, querido lector, qué estamos haciendo con los nuestros; qué estamos haciendo con nuestras vidas, pues, no podemos influenciar positivamente a nadie si nosotros no vivimos de manera correcta.
Al margen de que yo sea mormón y usted no, tenemos que hacer lo mejor que podamos con nuestros hijos: educación, respeto, valores, esfuerzo, etc. Estas cosas se necesitan con urgencia. Si no hacemos un frente unido, lamentablemente, nuestras generaciones serán vulnerables. Y si usted también es mormón, querido colega, entonces recordemos que el Señor nos hará rendir cuentas de que lo que hagamos o dejemos de hacer. Bien dijo David O. McKay, noveno Presidente de la Iglesia:
Ningún éxito en la vida justifica el fracaso en la familia.

Definitivamente son lo pequeños detalles los que hacen la diferencia.
La negligencia y la flojera nos privan de esos detalles.
Hace rato que decidí salir a jugar con mi hijo un rato antes de dormir. Ayer vimos un arcoíris y quemamos petardos. Y a la pequeña la cargo un buen rato y le canto o le bailo.
A veces no es fácil hacer algo tan sencillo, pero si uno no hace esas cosas, ¿cómo estaremos conectados cuando necesitemos hablar de cosas muy importantes? ¿qué recordaremos el uno del otro el día de mañana?
Saludos.
“¿Cómo estaremos conectados cuando necesitemos hablar de cosas muy importantes?” Preciso, Israel.