Matilda
—Papá —dijo—, ¿no podrías comprarme algún libro?
—¿Un libro? —preguntó él—. ¿Para qué quieres un maldito libro?
—Para leer, papá.
—¿Qué demonios tiene de malo la televisión? ¡Hemos comprado un precioso televisor de doce pulgadas y ahora vienes pidiendo un libro! Te estás echando a perder, hija…
La frase anterior corresponde al diálogo entre Matilda Wormwood y su padre, que aparece en el libro Matilda —en la página 14, específicamente— del escritor inglés Roald Dahl. El diálogo éste es muy significativo. A pesar de que se trate de un libro para niños, encierra una verdad profunda, una verdad de adultos, si se quiere hacer más interesante el tema.
Muchas veces, y lo sé por tristes experiencias, los padres no están comprometidos con este aspecto de la educación de sus hijos. Abundan padres que presionan a sus hijos a leer libros cuando ellos no pasan de la sección deportiva o la sección de farándula del periódico. Así no se puede esperar mucho de los hijos. De hecho, hay personas excepcionales, como Matilda, que no necesitan de estímulos paternales para desarrollar habilidades dignas; pero son sólo eso: excepciones. Los niños, por su tierna edad, aún no saben lo que realmente es bueno para ellos, así que necesitan del estímulo y la presión de los adultos —los padres, principalmente— para desarrollar estos hábitos que serán muy beneficioso en el futuro inmediato. Por otro lado, y esto es más triste aún, también hay de aquellos padres como el Sr. Wormwood, quienes viven en un perfecto estado de desinterés sobre las actividades en las que se embarcan sus hijos. Es más lamentable.
En mis memorias —entiéndase, diario personal— recuerdo haber escrito alguna vez acerca de la enorme importancia de la habilidad imaginativa de los niños. Cuando se es niño la imaginación se convierte en el mejor amigo; es el mecanismo a través del cual la mente del niño procesa, poco a poco, el mundo que le rodea. Gracias a la imaginación el niño va haciendo un inventario del contexto en el que habita: le pone sus reglas, su taxonomía, su inventiva, incluso sus juicios. En nombre de este artilugio, la imaginación, es que afirmo que la lectura es la mejor herramienta para que el niño jamás pierda su capacidad imaginativa. La lectura de buenos libros, y —en menor medida— de malos libros, harán que su mente se transporte hacia los parajes más remotos, creados por otras persona de habilidades imaginativas súper desarrolladas: los escritores.
De niño yo leí mucho; sin embargo, recién descubrí esta joya que es Matilda. Ya hubiera querido haberla leído de niño. Probablemente no hubiera puesto tanta reticencia ante las inexorables imposiciones de mis padres sobre la lectura. Pero, al fin y al cabo, qué bueno haberlo leído. Es muy recomendable.
Acerca del libro no hay mucho que decir. Matilda Wormwood es un niña inteligentísima —ya hubiera querido yo ser así— y, sospecho yo, que, gracias a su gran capacidad aprehensiva para entender todo, desarrolla la habilidad mágica de mover las cosas con la mente: telequinesis, si no me equivoco —de repente, sonó en mi mente Wingardum Leviosa, consecuencia de haber releído mucho a Harry Potter. Gracias a este poder Matilda encuentra la felicidad. Cómo. Lea el libro.
———
NOTA: En la página de Alfaguara hay una interesante Comprensión de Lectura acerca de Matilda, obvio. Muy útil para padres y profesores.
alfaguara alfaguara juvenil comprensión lectora dahl educación harry potter hábitos imaginación inventiva lectura libros matilda niños padres profesores recomendación telequinesis





Lo tendré en cuenta para mis hermanos.
Yo empecé tarde a leer como se debe leer, quizás por eso siempre llevo un libro en la cartera o en la mano.
Saludos.
evargas
Jueves, Enero 15, 2009 a 03:01 pm
Hay días en que me despierto con una sensación de desasosiego al pensar que el tiempo avanza constante e inexorable, mientras que uno, idiotizado por no terminar de despertar, no lo aprovecha. Esos días leo con más avidez.
Chalo
Viernes, Enero 16, 2009 a 02:01 pm
Como bien dices, la mejor edad para aprehender (con h) las cosas es durante la infancia, nada mejor que la mente de un niño como tábula rasa dispuesta a capturar todo lo que le rodea (la lengua materna, por ejemplo), y qué mejor que un buen libro… y qué mejor que Roald Dahl. Ahora que leo tu escrito regresan a mi memoria aquellos gratos recuerdos de mi precoz lectura de Las brujas, cuando tenía más o menos 9 años, y de verdad que me encantó. Creo que este escritor galés (no inglés) es una excelente entrada al maravilloso mundo de la literatura.
P.D.: No he leído Matilda, sólo he visto la película. Es una deuda pendiente.
Saludos.
Marco Bartra
Jueves, Febrero 26, 2009 a 12:02 pm
Oye, Marco, gracias por tus comentarios, y también por la corrección. Je, vi la banderita británica en Wikipedia e hice que Dahl nazca en Inglaterra. Pues sí, Dahl fue galés.
Chalo
Jueves, Febrero 26, 2009 a 04:02 pm
Leer Matilda fue divertidísimo, hacía tiempo había leído a Roald Dalh, pero Matilda llegó cuando ya yo tenía 40 años… y qué bien me vino! Trabajé mucho tiempo con niños y aún escribo algo por ahí, de manera que disfruto mucho esa literatura. Ya le hice un post a Gianni Rodari y ahora venía el de Roald Dalh… pero tú lo has escrito! No sé si me anime…quizás algún día.
Me gusta tu página y volveré muchas veces.
Saludos cubanos.
ADE
Adela
Sábado, Marzo 21, 2009 a 04:03 pm
Gracias por tus palabras, Adela. Estuve chequeando tu blog, está muy bueno. Caeré a menudo por ahí, también.
Chalo
Domingo, Marzo 22, 2009 a 09:03 am